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“Dame una pizza de esas que parece un vómito”. Cuenta el periódico El Tiempo en un artículo sobre restaurantes con nombres extraños, que tal fue la solicitud de un cliente de De Ricuras, tradicional negocio de comidas rápidas en Santa Marta, que desde entonces cambió su nombre a El Vómito, con más éxito del que ellos mismos habrían imaginado. Difícil aplicar alguna suerte de lógica a esta decisión, acaso lógica por el aspecto de una pizza a la que le echan todos los ingredientes disponibles al momento, pero insostenible como nombre con propósitos de antojar e invitar a la mesa.

Vomitar no, engordar, tampoco, salir a comer supone ser una actividad divertida en la que invertimos tiempo y dinero, con lo cual no queremos ganarnos una indigestión, tampoco unos kilos de más; pero si El Vómito sigue llenando sus mesas en la capital del Magdalena, Gordo Brooklyn Bar lleva cinco años rotando las suyas en Bogotá de manera magistral y figurando entre los locales que ofrecen una de las mejores hamburguesas de la ciudad. El nombre nada tiene que ver con el asunto de engordar o no, al contrario, es un homenaje cariñoso al perro de Daniel Castaño, cocinero y uno de los socios del restaurante, que nació justamente en Brooklyn.

Como lo dice el mismo Daniel, el nombre no hace el concepto del restaurante, como tampoco hay una fórmula que garantice que cierta tendencia al elegir cómo llamar el lugar funcione o no, lo cierto es que de un tiempo para acá vemos sobre las entradas de ciertos locales palabras que hace un par de años quizás no habrían sido las elegidas para darle vida a un negocio de comida. Otro ejemplo de ello en Bogotá es Ugly American, que sus creadores describen como “subterráneo, oculto y clandestino. Es la evolución de la taberna clásica norte-americana. Es una cocina sencilla pero contundente. Es sureño y gringo. Es contemporáneo, pero respetuosamente clásico”.

Clandestino, otra palabra que aparece con fuerza en la escena gastronómica de hoy. En Medellín se estableció en 2015 un restaurante con este nombre, el cual ya tiene dos sedes, ninguna de las cuales lleva el letrero sobre su entrada, jugando un poco con ese asunto de ser un lugar oculto, encubierto, furtivo; tampoco hay una puerta abierta de par en par, sino una discreta con un timbre que da acceso, y si bien no hay mayores restricciones para acceder más allá de las de cualquier local que “se reserva el derecho de admisión”, al llegar por primera vez es necesario vencer la timidez para buscar la puerta, el timbre, preguntar y en fin, poner en evidencia nuestro desconocimiento, lo cual poco nos gusta cuando estamos expuestos socialmente.

Esta propuesta le hace guiños a las ya algo populares cenas clandestinas que funcionan en distintas ciudades de Colombia y el mundo, en las cuales los anfitriones proponen un menú, un lugar y una fecha, los comensales, que se enteran por redes sociales u otros medios, pagan antes de ir, a veces sin conocer el menú y dispuestos a compartir la mesa con varios extraños más. Pero volvamos a los restaurantes, Burdo, Bruto, Brutal son otros de los ejemplos de nombres con connotaciones particulares, digamos ambiguas, quizás deseemos que la experiencia en el lugar sea “brutal”, pero ¿la deseamos “burda”?

¿Por qué no? En un mundo que nos pide ser flacos, inteligentes y cultos, a la hora de descansar a lo mejor nos antoje elegir ir a Gordo, Bruto y Burdo, para asegurarnos una experiencia Brutal y dejar de sentir por un par de horas la exigencia de ser tan perfectos como imponen los tiempos que corren. Quizás quienes están detrás de la idea de estos nombres no hayan hilado así de delgado, de hecho, ya sabemos que Gordo es un nombre cariñoso y no una descripción de una cualidad física, pero es inevitable leer algunas palabras y remitirnos a ciertos pensamientos.
Al final son nombres descriptivos, simpáticos y llamativos, que suscitan curiosidad, el tema profundo es lo que hay detrás de ellos, lo que esconden sus cocinas, que es lo que a la larga importa a los comensales y mantiene las puertas del negocio abiertas, como bien lo han demostrado todos los negocios mencionados. Igual, pensándolo bien, suena mejor ir a Gordo que a flaco, a Bruto que a inteligente y a Burdo que a culto. ¡Larga vida a todos y que sigan cocinando brutal!